Un día de playa sin barreras

Las personas con discapacidad ya cuentan con sillas anfibias que flotan en el agua, duchas y hamacas adaptadas.

En la imagen, dos monitores y un usuario en el mar con una silla anfibia.

Mº CARMEN ESPAÑA Félix Trujillo no puede ocultar su alegría cuando llega a la playa. Su entusiasmo hace que José Luis Llergo, que empuja su silla de ruedas, acelere el ritmo por la rampa que los conduce hacia el punto de playa accesible ubicado en la playa de El Dedo. Si por Félix fuera, se tiraría de cabeza al mar, pero necesita que alguien lo acompañe hasta la orilla y le ayude a moverse dentro del agua.

Esa es Noelia Luque quien, acompañada de otro socorrista, traslada a Félix desde su silla de ruedas hasta otra que le gusta mucho más y que le hace flotar en el mar.

Se trata de una silla anfibia, en la que se acomoda con impaciencia. Ha venido a esta playa malagueña de excursión desde Córdoba con sus compañeros de la residencia de la Federación Provincial de Minusválidos Físicos (Fepamic) y quiere ser el primero en probar el agua.

Noelia le pone un chaleco salvavidas y, junto a otro de los socorristas, lo lleva hasta la orilla. Le echa agua poco a poco. Primero en los brazos, luego en la cabeza. Está fría, pero para Félix «siempre está buena». «¿Vamos al agua?», le pregunta la socorrista. El joven asiente con una sonrisa.

En el agua, Félix se olvida de su enfermedad degenerativa y, de espaldas al horizonte para controlar mejor las olas, navega con el apoyo de los dos socorristas en una de las sillas anfibias que el Ayuntamiento de Málaga pone a disposición de las personas con movilidad reducida, de forma gratuita, a través del programa Disfruta de la playa.

Los tres se ríen y disfrutan el momento. Para Félix el baño es una terapia, pero también lo es para los socorristas. «Ayudar a alguien con dificultades te beneficia mucho, te llena», asegura el jefe de sección de Accesibilidad del Consistorio, Fernando Fernández, quien destaca además el efecto terapéutico que produce en las personas con discapacidad y el respiro que causa en sus familiares esta actividad.

Tras «pelear» unos minutos con las olas –que si son de tamaño medio impiden el baño a estos pacientes, por su seguridad– los socorristas sacan a Félix del agua. Ahora le toca bañarse al resto de sus compañeros, aunque él tiene claro que repetirá después.

Los límites están más que en la discapacidad, en lo que les apetezca. Que el agua les parece muy fría, usan la silla anfibia. Que quieren mojarse más, se sumergen solo con el chaleco salvavidas y el apoyo de los socorristas. Que prefieren la ducha, también la pueden usar sin problemas. Cada uno marca su ritmo, como un bañista más.

Noelia Luque
Socorrista
Según Noelia, los usuarios disfrutan «como niños pequeños», ya que algunos llevaban muchos años sin poder bañarse en el mar.

Lali Pérez
Usuaria
Lali reconoce que prefiere tomar el sol y refrescarse en la ducha, que también está adaptada a sus problemas de movilidad.

José Luis LLergo
Monitor de ocio
Según cuenta, los usuarios de la residencia de Córdoba donde trabaja mejoran su motricidad y la marcha gracias a los baños en el mar.